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Mrs Hemingway en París, de Paula McLain (Alianza Editorial)

Soy una lectora devora libros: leo todos los que caen en mis manos e intento que sean variados. Pero, por supuesto, hay mucho que leo como “consumibles” y otros que pasan a otro nivel, los libros que me aportan algo más que entretenimiento.

Hace unos meses leí (no recuerdo si en un blog o en Twitter ni recuerdo quién lo escribió) que alguien nombraba la novela The Paris Wife, que se había lanzado en EEUU en febrero y estaba convirtiéndose rápidamente en best seller. Tenía todo para que me gustara: la época, los años 20 en París, una ciudad llena de artistas, el personaje de Ernest Hemingway, un icono ya del sigo XX, quizá uno de los escritores modernos más conocidos por todos y, encima, una historia de amor.

Así que cuando calló en mis manos la edición en español del libro Mrs Hemingway en París (editada por Alianza Editorial y escrito por Paula McLain), como era de suponer, me lo ventilé en unos dias. No sé si fue la situación (terminé de leer el libro tras tres horas de lectura en la playa, con el día nublado y el mar revuelto), pero el libro me conmovió y, desde ese día, no he hecho más que recomendárselo a todo el mundo. Así que, no podía ser menos, también lo quería recomendar por aquí.

Podéis trastear un poco sobre la historia, la autora y, una parte de lo más interesante, ver fotografías de Ernest y Hadley Hemingway, en la web: http://www.mrshemingwayenparis.com/

Sorteo de un ejemplar de Mrs Hemingway en París

No solo os lo recomiendo, si no que, ¡atención, atención! también sorteamos un ejemplar de Mrs Hemingway en Paris, para que lo disfrutéis como yo. Para participar, solo tenéis que dejar un comentario en este post (hasta el lunes 12 de diciembre), contando por qué lo queréis leer. Para inspiraros, os dejo con el primer capítulo del libro.

Lo primero que hace es clavar en mí aquellos maravillosos ojos pardos y decir:
Es posible que esté demasiado borracho para opinar, pero podrías tener razón.
Es octubre de 1920 y el jazz está en todas partes. No sé nada de jazz, así que estoy tocando a Rachmaninov. Noto que las mejillas se me empiezan a ruborizar por efecto de esa sidra tan fuerte con la que me ha estado atiborrando mi amiga Kate Smith, así que me relajaré. Estoy notándola, segundo a segundo. Me empieza en los dedos, calientes y sueltos, y se desplaza por los nervios, dominándome. Hace más de un año que no me emborracho, no desde que mi madre cayó gravemente enferma y he echado en falta el modo en que llega con su guante de niebla perfecto, instalándose cómoda y maravillosamente en mi cerebro. No quiero pensar y tampoco quiero sentir, salvo que sea algo tan sencillo como la rodilla de aquel chico tan maravilloso a unos centímetros de la mía.

La rodilla casi es suficiente por sí sola, pero lleva incorporado a todo un hombre, alto y delgado, con mucho pelo oscuro y un hoyuelo en la mejilla izquierda en el que te puedes caer. Sus amigos le llaman Hemingstein, Oinbones, Bird, Nesto, Wemedge, cualquier cosa que se les ocurra sobre la marcha. Llama a Kate Stut o Butstein (¡valiente piropo!), y a otro amigo Little Fever, y a otro Horney o el Great Horned Article. Parece conocerlos a todos, y todos parecen saber los mismos chistes e historias. Se telegrafían ocurrencias en clave entre ellos, rápidos e ingeniosos. No los puedo seguir, pero en realidad no me importa. Estar cerca de aquellos desconocidos tan alegres es como una poderosa trasfusión de buen humor.
Cuando Kate se acerca desde la zona de la cocina, él me señala con su barbilla perfecta y dice:
¿Cómo deberíamos llamar a nuestra nueva amiga? Hash ?dice Kate. Hashedad es mejor, dice él. Hasovitch. ¿Y tú eres Bird?, pregunto yo.
Soy de los que creen que debería bailar alguien. Sonríe sin la menor reserva, y segundos después Kenley, el hermano de Kate, ha apartado a un lado con el pie la alfombra del cuarto de estar y ha puesto en marcha el gramófono. Nos lanzamos a ello, bailando entre un montón de discos. Él no es un buen bailarín, pero sus brazos y piernas tienen las articulaciones poco tensas, y puedo asegurar que está cómodo en su cuerpo. Tampoco muestra la menor timidez al moverme. Un instante después tenemos las manos húmedas y apretadas, y nuestras mejillas se encuentran lo bastante cerca para que pueda sentir su auténtico calor. Y es entonces cuando me dice que se llama Ernest.
Sin embargo, estoy pensando en librarme de él. Ernest es tan feo. ¿Y Hemingway? ¿A quién le gusta un Hemingway?
«Probablemente a todas las chicas de aquí a la avenida Michigan», pienso, mirándome los pies para disimular mi sonrojo. Cuando vuelvo a alzar la vista, él tiene los ojos clavados en mí.
¿Oye? ¿Y tú qué opinas? ¿Debería quitármelo?
Puede que todavía no. Nunca se sabe. Un nombre como ése podría cuajar, ¿y dónde estarías tú si ya no lo tuvieras?
Buena observación. La tendré en cuenta.
Comienza una pieza lenta, y, sin hacer preguntas, me agarra por la cintura y me atrae hacia su cuerpo, que incluso gana en las distancias cortas. Tiene el pecho sólido, y lo mismo pasa con sus brazos. Apoyo las manos en ellos un poco mientras me lleva por la habitación, y pasamos junto a Kenley, que da cuerda al gramófono con energía, pasamos junto a Kate, que nos lanza una mirada prolongada, curiosa. Cierro los ojos y me apoyo en Ernest, que huele a bourbon y a jabón, tabaco y algodón húmedo; y en ese momento todo es tan intenso y encantador, que hago algo nada propio de mí y me limito a dejarme ir.

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